lunes, 14 de noviembre de 2016

Budín de banana, nuez y canela (y todo lo que está bien en este mundo)

Lo chiquito es lo que te salva. En el mundo adulto ya no vivís de "espejitos de colores" ni vas por la vida buscando representar escenas de esas películas que pasan por ahí. Las expectativas son maravillosamente reales. El mundo es de colores y ya. Con todos los matices, con todas las texturas y mucho sabor. Ese sabor de lo real, de lo auténtico. Porque claro, en tiempos de comida procesada se valora un bocado de realidad. En tiempos de redes sociales, de apariencias exitosas y alegres, en tiempos de sostener logros, atravesar el propio sendero es un poco eso. 
Mi budín de banana, canela y nuez tenía un poco de eso. Era real, se desarmaba, su forma no era tan perfecta, quedaba un poco pegado, un poco en la mano, un poco quemado y no era uniforme. No era un budín para presentar en una mesa bien servida, ni para adornar revistas de comida. Era exquisitamente real, tenía sabor a hogar, a buenas intenciones, tenía una fuerza profunda que le daban ese glamour que logran sólo aquellos que transmiten más con la mirada que con las formas.

A veces me pregunto de donde viene acaso todo esto del cocinar, me pregunto por este momento de mi vida y pienso que -tal vez- a través de estas recetas las busco un poco a ellas, las mujeres de mi familia. Cocinar se convierte entonces en ese pase de mano imaginario, un poco mágico que me une a ellas, que me recuerda los kreplaj de carne rallada de mi abuela que sólo una vez en mi vida probé y que nunca olvidé, la pizza amasada a mano de mi madre, los papas al horno muy aceitosas y cortadas cuidadosamente, los farfalej bien cremosos en ollas oxidadas y enormes.

Y no importa si mis recuerdos sean más rosas de lo real. No importa tal vez que mi madre no haya cocinado demasiado o que su cocina se haya destacado por lo natural, por las mezclas extrañas o por "lo que hay", cocinar sigue siendo un acto amoroso, creativo, de imaginación, de compartir, probar: Cocinar es entregarse a una vida más simple y luminosa, a un día a día cotidiano que jamás imaginé por que el recuerdo es siempre para atrás. Y porque todo se convirtió un poco en ese gran budín llamado día a día, con sabor, textura, cierto desarme y la calidez necesaria para amar cada día. 


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Rolls de canela para el NO festejo de Trump

Siguiendo con la lista de nuevos sabores, anoche preparé rolls de canela, más conocidos como "cinnamon rolls".
Amasar sigue siendo una experiencia extraña y reconfortante. Entrar en contacto con la masa, ensuciarse con la harina, no saber bien cuál es el punto en que está lista y el pegoteo total es como volver un poco a la niñez, a jugar, a hacer sin que importe demasiado el resultado.
La canela me gusta porque tiene estilo, tiene sabor a vacaciones, a te y scon, tiene tanta personalidad que no necesita mucho más. Tal vez azúcar negra para no confundirla con una palmerita cualquiera y para darle un lindo bronceado.
Me emociona que la textura de mis rolls haya sido inceríblemente hermosa, que se deshaga en mis manos y que el glaseado sea tan festivo como espumante.
Pero lo que más me gusta es probarlos apenas los saco del horno, bien humeante y de un modo ansioso y mágico Y compartilo con él y sentir que no importa la humedad porteña, que es martes de fin de año y que Trump ganó las elecciones. El mundo sigue siendo un lugar hermoso, cálido y un pequeño bocado puede cambiar casi todo.
Todo lo demás, claro, sigue siendo comentario.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Duda

A veces pienso que le contaría ella de mi, que destacaría, que versión de la historia tendría. Porque claro, la historia no sería la misma con ella acá.

 Escuchar a una madre hablar de su hijo es maravilloso.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Te quiero con limón y amapolas

Mi nuevo mundo de recetas se divide entre aquellas que tienen y no tienen alma. No toda preparación tiene la magia de hacerte volar con su aroma,  la textura de la masa, las proporciones y sorprenderte con el resultado final. Los souffles en general eran platos olvidables, muy suaves, casi líquidos, con sabores similares, consistencias uniformes y aromas convencionales. A mi me gustaban pero sabía que eran fugaces. También las milanesas, las carnes rojas en general y las pastas. No tenían demasiada historia o preferí olvidarla. 
Sin embargo, con otras preparaciones la cosa era diferente. La jalá y los farjalej que él preparaba encabezaban la lista de comidas impactantes. Un pedacito de jalá recién salida del horno, humeante y crocante por fuera era suficiente para sentir mil años de historia por mis venas.  Me generaba una satisfacción que tenía historia, pero ese tipo de historia que no sé bien de donde viene y esa era un poco la magia. El sabor conocido y familiar de algo que resulta -racionalmente al menos- inexplicable. 

Anoche preparé un budín de limón y amapolas que me pareció chiquito y amoroso. El budín es un poco eso, una textura esponjosa, con muchas semillas, un glaseado un poco fallido y una mezcla interesante entre lo cítrico y  dulce. El budín me gusta porque tiene una identidad propia, no es una torta asociada a festejos en general, ni un bizcochuelo que es sólo mucho no se detaca. El budín tiene su estilo, tiene algo aristocrático y elegante en su ser. Es el "mench" de la respoteria. Va bien con tardes de lluvia, con otoño, con momentos donde hay que suavizar algo. Si hay una pelea yo ofrecería sin dudas una porción de budín de limón. Tiene un alma noble, que te abraza. No es tormentoso. Me gusta.  Al fin de cuentas, la vida compartida es un poco eso: el budín de limón y amapolas que te espera por las tardes, ese pequeño gesto que lo dice casi todo.


domingo, 30 de octubre de 2016

Mazal Tov

Siempre pensé que la tristeza era la que se llevaba el primer puesto al momento de revivir determinadas situaciones.  Si había atravesado algo muy triste, la angustia y desolación reaparecían en cada aniversario y en cada situación similar. No importaba si era una experiencia propia o ajena. 
Lo que nunca imaginé es que la alegría podía reaparecer también.   
Siempre pensé que estaba ligada a algo nuevo. Siempre hasta hoy, claro.
Hoy pude revivir un poco el que fue el momento más feliz de mi vida. Sentí emoción, escalofríos y hasta un poco de ansiedad. Pude revivir la emoción de una jupá. Tenía ganas de gritar ¡Mazal Tov! abiertamente y celebrar la vida. Y ahí entendí un poco más.la importancia de celebrar, ese acto casi visceral que afirma ¡estamos Vi Vos! ¡Vivos!. Y eso era un poco el judaísmo también. Tal vez la importancia de las tradiciones radicaba en ayudarte a "re VIVIR" la alegría que se transmitía generación a generación, una alegría conocida, familiar, cómoda y cargada de emociones milenarias.
Las emociones, al fin de cuentas, no eran tan azarosas. Las alegría y más aún revividas, resignificadas y compartidas era la mejor defensa, el mejor antídoto para aferrarnos aunque sea ilusamente y por un ratito a la vida.

viernes, 28 de octubre de 2016

Leicaj

A ellas siempre las busco en las recetas. A veces logro encontrarlas. Mezclo ingredientes, contemplo los aromas, los sabores, sumerjo mis manos en un mundo que alguna vez habité. Pienso en mi infancia, en las meriendas con leicaj los sábados por la tarde acompañadas por jugo tang o mocoretá tan ricos como tóxciol  Pienso que  esos jugos que sólo pueden beberse en vasos plástico color rojo.
Ella me espera, me viene a buscar como todos los sábados después de la havdalá.  

Ahora me doy cuenta quel leicaj no me gustaba de chica, era bastante insulto, algo que podían comer "los grandes". No era golosina, ni budín, ni nada demasiado procesado. Sólo sabia a Ramah, a infancia y a sábados por la tarde.

Hoy mudé mi oficina a unos metros, casi en la esquina de la plaza  libertad que recorrí mi infancia. EL ombú viejo y fuerte sigue ahí pero es distinto. Como diría Neruda "...nosotros los de entonces ya no somos los mismos". Ahora esa plaza es zona laboral, de expedientes, amparos, escritos, burocracia, fila de ascensores y oficinistas.

Sin embargo, por las tardes en la oficina muchas veces pienso en esas recetas. Leicaj, jalá, hasta un pollo al horno con papas puede recrearme esos recuerdos, esa infancia olvidada, los sabores que con ellas probaba, descubría y sentía aroma a casa, a familia y unas tantas otras cosas. Por eso cuando él medio de probar  los faralej maravillosos que prepara sentí un golpe intenso en el alma. Recordé miles de sabores hasta emocionarme, la cuchara de madera de mi abuela, las sartenes con cebolla, los Rosh Hashaná de kreplaj con carne rallada y una estabilidad que pensaba -ilusamente. que iba a durar para siempre.

Hoy ellas no están, muchas mujeres de mi familia ya se han ido. O estando no están. Entonces las sueño, compro ingredientes y descubro que está en mis manos la posibilidad de recrear el aroma a familia, a casa, a hogar. En mis manos en todo sentido. Y casi sin querer entiendo que en la simpleza de una preparación los eslabones siguen unidos, concatenados, vinculados desde un lugar amoroso. Siento la mano suave de mi abuela Eva que me guía y el aliento de mi madre felicitándome por tan rica preparación. Y todo está bien, estamos juntas. Estamos las tres tomando un té con leicaj.


  




jueves, 16 de junio de 2016

Claridad

Tal vez es la edad adulta, pero hay un momento en la vida que una se encuentra consigo misma. No sé bien cual es el momento o la conjunción de situaciones que lo activan, pero pasa y no hay vuelta atrás.
Este encuentro trae la más poderosa de las herramientas: la libertad de elección. Entonces el afuera no es un condicionante tan importante, se puede elegir con claridad, cinturear lo que no, elegir. Y seguir. Y cada batalla ya no es tan intensa porque la intensidad aparece en forma amorosa al abrazarse a la vida y valorar cada instante.