Anoche -balcón de verano mediante- conversábamos con un amigo respecto de los caminos de vida elegidos por cada uno de nosotros.
El se definía como un buscavidas, una persona que siempre se abrió a las posibilidades que le brindó la vida, que fue viendo, probando, viviendo, buscando, explorando. Sin importar donde dormir, que comer, como organizarse. El objetivo estaba dado por ser más viajero, por conocer el mundo, las diferentes culturas y demás.
En cambio, para mi la vida había sido en gran medida más lineal. Esto significaba que había un único camino, estudiar en la universidad, recibirme, armar mi propio estudio, tener clientes y vivir de eso, de mi profesión. En el medio explorar una y mil cuestiones, sacrificar viajes, tiempo y demás. Pero no había otra posibilidad.
El decía que hay tiempos para hacer determinadas cuestiones y que él quemó esos cartuchos a los 25 años. Yo me sorprendí, porque claro, yo me sentía "adulta" para algunas cuestiones desde los 22 años tal vez...y haberme permitido a los 25 tomarme un año para pasear era una verdadera locura.
Hoy, a los 30 la perspectiva cambia un poco. Aprendí también que una puede perder tiempo, años tal vez, siguiendo el camino lineal si no redefine los objetivos y simplemente transita. También aprendí que no estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por simplemente probar otros caminos, otras experiencias. Que tal vez el mundo es un lugar fabuloso, pero que me gusta ir pasear y volver. Porque aprendí que no soy mucho más allá de mi vida cotidiana, de mis vínculos, mis elecciones de aprendizaje, laborales, de descanso, deportivas y alimenticias. Y no sé si hay un tiempo para decidir algo así, pero si hay formas que pertenecen a uno, que tienen que ver con la energía con la que se quiere conectar, con lo que hace bien, con escucharse, con desprender viejas ideas tapadas.
En estos días de soledad deliberada, escuché el sonido de algunos viejos desprendimientos del fondo de mi alma. Esas cuestiones tenian que ver con los ruidos que surgen desde el silencio profundo, ese que se arma cuando el "lo que sigue" de la rutina cotidiana no permite ver, no permite oir, que limita tanto como esa sensación permanente de falta de tiempo, de que todo es en vano, que ya fue, y que no hay más tiempo. Me había dado cuenta que tanta exigencia temprana me había resultado fabulosa para muchos aspectos, pero había también una necesidad casi vital de pasar a "lo que sigue", a otra instancia, otra etapa. Y que hay etapas que no siempre se corresponden con los ciclos profesionales, internos, académicos o económicos. Lo que si sabía es que la soledad podía durarme uno o dos días. No más. Lo más lindo era en definitiva compartir. Y que para eso tenía que vender mis propios temores, mi amor a la incertidumbre y a la adrenalina y esa huida constante que me evitaba quedarme un ratito más.
Buen lunes para todos!!!!
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada